Escuchar el territorio: la radio escolar como camino de protección, memoria y esperanza en el río San Juan

Crónica reflexiva del proceso de formación en comunicación y radio escolar “Escuela Propia de Comunicación Lucho Granados – ACADESAN”

Perla María Mena Mena

Perla María Mena Mena

Facilitadora

Crónica

Realizar este proceso de formación en comunicación y radio escolar en los territorios del río San Juan fue, ante todo, una experiencia de escucha profunda. Escuchar a los niños y niñas, a los docentes, a los dinamizadores y al propio territorio, con sus silencios, sus sonidos, sus heridas y sus esperanzas. Más que impartir contenidos, este proceso nos convocó a aprender a leer el territorio desde la voz infantil y a reconocer la radio como un acto de cuidado colectivo.

Desde el primer encuentro con los dinamizadores y el equipo motor de la emisora, de la Escuela de Comunicación Propia Lucho Granados, quedó claro que no partíamos de cero. Existía un acumulado de saberes, experiencias y memorias que dialogaban con la propuesta metodológica. Sin embargo, también emergieron las desigualdades educativas, las trayectorias interrumpidas y las limitaciones estructurales propias del contexto rural y comunitario del Pacífico colombiano. Esto nos obligó, desde el inicio, a asumir la flexibilidad no como una estrategia, sino como una ética del trabajo pedagógico.

La capacitación a capacitadores fue un momento clave para alinear miradas y reconocer que la comunicación, en el marco de la Medida de Protección Colectiva N.º 34, no es un complemento, sino una herramienta vital para la defensa del territorio, la memoria y la vida. En los ejercicios iniciales —como el del objeto sonoro— comprendimos que cada sonido guarda una historia y que, para quienes habitan el río, la radio no es solo un medio técnico, sino una extensión de la palabra oral que ha sostenido la transmisión de saberes por generaciones.

El paso a los talleres con niños y niñas en Noanamá, Cañaveral y Cucurrupí fue, sin duda, el momento más transformador del proceso. Allí, la metodología dejó el papel y se convirtió en risas, juegos, conceptos, ejercicios: grupos numerosos, distintos niveles de escolaridad, dificultades en lectura y escritura, tiempos escolares rígidos y contextos atravesados por la violencia estructural. Aun así, los niños respondieron con una disposición que desbordó cualquier expectativa. Su entusiasmo por contar historias, cantar, dibujar, improvisar y narrar su vida cotidiana confirmó que la comunicación es un derecho que solo necesita ser habilitado.

Cada jornada dejó aprendizajes profundos. En los ejercicios de voz, por ejemplo, no solo se trabajó la técnica, sino la posibilidad de reconocerse a sí mismos como sujetos con algo valioso que decir. En la cartografía y los recorridos territoriales, el mapa dejó de ser un ejercicio escolar para convertirse en un acto de afirmación: el río, la escuela, la iglesia, la quebrada y el polideportivo aparecieron como escenarios de afecto, memoria y conflicto. Los niños no solo describían los lugares; los habitaban con la palabra.

Las historias producidas evidenciaron una madurez narrativa sorprendente. En ellas emergieron temas como el desplazamiento forzado, los accidentes en el río, la falta de acceso a la salud, la obediencia como pilar de la familia, la discriminación, los sueños truncados y la resiliencia. La radio permitió que estos relatos no quedaran en el ámbito privado, sino que se transformaran en postales sonoras capaces de interpelar a la comunidad y de proyectarse hacia afuera como una forma de resistencia simbólica.

Este proceso también estuvo marcado por momentos de dolor colectivo. El asesinato de un líder social del territorio y el desbordamiento del río San Juan nos recordaron que la formación no ocurre en un vacío, sino en contextos atravesados por el miedo, la incertidumbre y la pérdida. Sin embargo, lejos de paralizar el proceso, estos hechos reafirmaron la importancia de la comunicación como espacio de contención, acompañamiento y dignificación de la palabra.

A nivel personal, este proceso me permitió reafirmar que trabajar con niños y niñas en contextos rurales exige una pedagogía situada, sensible y comprometida. Comprendí que no se trata solo de formar en radio, sino de abrir espacios donde la infancia pueda nombrar su mundo sin miedo, reconocer sus emociones y proyectarse hacia el futuro. La radio, en este sentido, se convirtió en un espejo y en un refugio.

Los aprendizajes también fueron colectivos. El trabajo con los dinamizadores evidenció la necesidad de fortalecer la comunicación interna, la distribución de roles y el cuidado del equipo. Al mismo tiempo, mostró el enorme potencial que existe cuando el conocimiento técnico se combina con el arraigo territorial y el compromiso comunitario.

Al cerrar este proceso, queda la certeza de que las postales sonoras producidas no son solo productos comunicativos, sino huellas de un camino recorrido. Son la prueba de que, incluso en contextos adversos, los niños y niñas del río San Juan tienen voz, memoria y sueños. Y que la comunicación, cuando se construye desde el territorio, puede ser una forma concreta de protección colectiva, de sanación y de futuro compartido.

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