El río se llenó de música y vida
Así se vivió la Caravana Artística y Cultural por el río San Juan
Dos rutas, siete comunidades y un mismo propósito: recorrer el territorio para encontrarnos a través del arte, los saberes y las historias que cuentan quiénes somos.


Janeth Terán
Gestora Cultural de ACADESAN
Crónica
El río San Juan fue camino, escenario y compañero de viaje. Por sus aguas navegaron artistas, instrumentos, pinturas, alimentos, historias y muchas ganas de compartir. Así se vivió la primera Caravana Artística y Cultural organizada por el Consejo Comunitario General del San Juan (ACADESAN), realizada en noviembre de 2025. Dos rutas recorrieron el territorio colectivo: una partió desde Buenaventura, aguas arriba, y la otra salió de Istmina, aguas abajo. Ambas se encontraron en Cucurrupí.
En cada parada quisimos entrar con respeto, reconocer lo que ya existía y construir el encuentro junto con la gente. Niños, niñas, jóvenes, familias, artistas locales, cantadoras y personas sabedoras fueron protagonistas de la Caravana.
Hubo chirimía, marimba, carrizo, teatro, poesía, danza, rap, freestyle, murales y pintura en vivo. También hubo cocina tradicional, versos y relatos. Cada comunidad puso algo propio y convirtió nuestra llegada en una experiencia distinta.
Esta es la historia de lo que vivimos juntos durante aquel recorrido.

Una caravana que sonaba desde el río
La chirimía se convirtió en el corazón sonoro de la ruta aguas abajo: sonaba dentro del bote mientras avanzábamos por el río y anunciaba nuestra llegada incluso antes de desembarcar.
Cuando el bote tocaba tierra, la chirimía bajaba y recorría las calles. Se tocaba bunde, se bailaba y se invitaba a la gente a salir de sus casas. Poco a poco aparecían niños, niñas, jóvenes y familias. Algunos miraban desde las puertas; otros terminaban caminando detrás de los músicos.
Era nuestra manera de decir: ya llegamos, venimos a encontrarnos con ustedes.
En la ruta aguas arriba cada comunidad recibió la Caravana a su manera. El encuentro empezó en Isla Mono y continuó por Docordó y Los Perea antes de llegar a Cucurrupí.

Isla Mono
La ruta aguas arriba comenzó en Isla Mono y coincidió con el alumbramiento de la Virgen del Carmen. La primera noche hubo rosario, cantos y una pequeña procesión. Desde el comienzo sentimos cómo la fe y las expresiones culturales hacen parte de la vida comunitaria del San Juan.
Al día siguiente, niños y niñas crearon una pequeña obra sobre situaciones de su vida cotidiana. También tocaron tambores, marimba y hasta galones de agua convertidos en instrumentos.
Hubo danza y una muestra gastronómica con encocados, arroz con coco, piangua y camarón. La comida también reunió a la gente alrededor de sus recuerdos y sus sabores.
En la noche llovió, pero la presentación musical se trasladó a la casa comunal y la fiesta continuó. Algunas de las jóvenes que habían participado en los talleres decidieron acompañarnos hasta Docordó. El arte empezaba a viajar con las propias comunidades.

Docordó y Los Perea
En Docordó se encontraron varias generaciones. Las cantadoras de alabao, las instituciones educativas y los niños y niñas que compartieron poemas y versos llenaron la jornada de voces del territorio.
Algunos niños y niñas recitaron textos escritos por ellas mismas y otros retomaron poemas aprendidos de manera oral. También hubo comida y artesanías hechas por la comunidad. La cultura aparecía en el escenario, en las manos y en la cocina.
Después llegamos a Los Perea, una comunidad donde casi todo el pueblo participó. Entre las presentaciones se compartieron arroz de maíz, cucas y colada de maíz.
Allí ocurrió uno de los momentos que mejor mostró por qué estos recorridos son necesarios. Varios jóvenes estaban aprendiendo a interpretar música de carrizo, pero no tenían instrumentos propios. Cuando vieron las tamboras, la requinta y la flauta de carrizo que llevaba la Caravana, comenzaron a tocarlas con emoción.
Los instrumentos no eran para ellos simples objetos. Eran la posibilidad de continuar aprendiendo. Por eso, parte de la dotación quedó en la comunidad, para que ese proceso pudiera seguir creciendo después de nuestra partida.


San Miguel
La primera parada comunitaria de la ruta aguas abajo fue San Miguel. Llegamos con el bote adornado y la chirimía tocando. Después de recorrer el pueblo, la gente comenzó a reunirse cerca de la casa comunitaria.
Dos raperos abrieron el encuentro improvisando sobre el río y la vida cotidiana. Las personas reían, respondían y se acercaban. Los jóvenes encontraron allí un espacio para participar.
Mientras las presentaciones avanzaban, un pintor de brocha corta comenzó a retratar en vivo a la señora Juana, una lideresa de la comunidad. Su rostro fue apareciendo sobre el lienzo mientras sonaba la música y los niños y niñas observaban. Al final, el cuadro le fue entregado como reconocimiento a su liderazgo y a todo lo que representa para su comunidad.
También cantaron y bailaron artistas locales, mientras la comunidad compartía arroz de maíz, empanadas, cucas, cocadas y pescado. San Miguel se apropió del encuentro y lo hizo suyo.

San Agustín
San Agustín fue, quizá, una de las experiencias más profundas de todo el recorrido.
La comunidad atravesaba un momento muy difícil. Los enfrentamientos recientes habían provocado el desplazamiento de varias familias hacia Istmina y, cuando llegamos, el pueblo se encontraba casi vacío. Había pocas personas en las calles y un silencio que dejaba sentir la preocupación de quienes permanecían.
Al principio dudamos. No sabíamos si la gente tendría ánimo de participar. La chirimía recorrió las calles, pero casi nadie salía de las casas. Después comenzó a llover.
Poco a poco fueron apareciendo niños y niñas. Luego llegaron varias familias y el quiosco de la plaza empezó a llenarse. Bajo ese techo comenzaron los talleres. Los raperos improvisaron con los jóvenes y los niños y niñas se animaron a bailar. Lo que empezó en silencio terminó entre presentaciones, aplausos y sonrisas.
Esa noche San Agustín permaneció despierto más tiempo de lo habitual. Aunque no había energía eléctrica y la situación del territorio hacía que la gente tuviera que dormir temprano, las personas continuaron reunidas, cantando, bailando y acompañando las actividades.
El arte no hizo desaparecer las dificultades, pero sí abrió un momento diferente. Por unas horas, la comunidad pudo sentirse acompañada, reunida y vista.
Después del cierre compartimos conversaciones y partidas de dominó a la luz de las velas. Al día siguiente, cuando ya estábamos dentro del bote, la comunidad nos pidió que no nos fuéramos todavía. Nos hicieron bajar, hubo abrazos y lágrimas, y la chirimía volvió a recorrer el pueblo una vez más.
Salimos tarde hacia Potedó, pero con una certeza que todavía permanece: en San Agustín, la Caravana fue mucho más que una actividad cultural. Fue compañía.

Potedó
Potedó nos recibió con mensajes de bienvenida, adornos y una comunidad que esperaba con ilusión. Una niña vestida como reina, con un traje elaborado con productos de la región, hizo parte de ese recibimiento lleno de creatividad.
La escuela se convirtió en el centro de la jornada. Niños, niñas, adolescentes y jóvenes participaron en talleres y pintaron un mural colectivo que quedó como recuerdo visible de la Caravana.
Durante el encuentro también se realizó un retrato comunitario y se compartió una gran muestra de encocados, arroz con coco, arroz de maíz, pescados, dulces, bebidas tradicionales y arroz con leche.
A pesar de algunas dificultades, como la falta de agua, la comunidad ayudó a buscar soluciones y sostuvo cada momento de la jornada. En Potedó también encontramos jóvenes con deseos de continuar vinculados a espacios artísticos. Fue una muestra clara de lo que puede ocurrir cuando se abren oportunidades para crear, aprender y descubrir capacidades propias.

Cucurrupí
Cucurrupí fue el punto donde finalmente se encontraron las dos rutas.
Cuando se acercó la ruta aguas arriba, la chirimía de la ruta aguas abajo salió a recibirla. Las dos caravanas caminaron juntas por el pueblo hasta llegar al colegio. Después de varios días de navegación, el río parecía reunirse en un mismo lugar.
Artistas de ambas rutas compartieron talleres y presentaciones. Allí también conversaron, a través de sus músicas, expresiones del Pacífico Norte y del Pacífico Sur.
En Cucurrupí se pintó el segundo mural comunitario. Igual que el de Potedó, quedó en el territorio como recuerdo de lo vivido y de la participación de la gente.
Los grupos locales, los jóvenes y quienes habían participado en los talleres ocuparon el centro del encuentro. Al caer la noche, la celebración siguió en el puerto.
El río, que había sido nuestro camino, se convirtió en escenario del concierto final. Allí cantó Víctor Hugo Rodríguez, acompañado por los sonidos tradicionales que habían viajado con la Caravana.
Allí ocurrió uno de los momentos más emocionantes del cierre. José, un niño de Cucurrupí que rapea y vive en condición de discapacidad, insistió en que quería mostrar su talento. En el puerto se encontró con el rapero Milton García y juntos improvisaron un freestyle sobre la vida, el territorio y los sueños de un niño que desea hacer música.
Muchas personas lloraron al escucharlos. José no necesitaba que alguien hablara por él: necesitaba un espacio para ser escuchado. De ese encuentro quedó también el compromiso de acompañarlo en la grabación de una canción.

Artistas que viajaron con la Caravana
En esta primera crónica queremos hacer un reconocimiento público a las y los artistas que generosamente nos acompañaron. Para ellas y ellos, un fuerte abrazo, con la esperanza de que vuelvan al territorio colectivo de ACADESAN más pronto que tarde.
Ruta aguas arriba. Tatiana Ángulo (teatro), Víctor Hugo Rodríguez (cantautor), Wendy Pretel Solís (canto), Fernando Piedrahita (marimba y percusión), David Arias (clarinete) y Arinson Sánchez (voz y tambora).
Ruta aguas abajo. Coco Kilele (poesía); César Badillo (teatro); Iván Darío Álvarez (teatro de títeres); la maestra Belky y su grupo Triarte (teatro y música); Yemanjá Chirimía; los raperos Diego Armando, conocido como Santuplex, y Milton García; Juan Mart (retratos a brocha corta); Molécula (muralista); El Murci (fotografía), y Daniel Cocina (creación de contenido sobre la cocina del Pacífico colombiano).
En ambas rutas participaron además artistas locales de las comunidades visitadas, cuyos nombres iremos incorporando a esta memoria.
Lo que quedó después de la Caravana
La Caravana recorrió siete comunidades y desarrolló más de treinta espacios de aprendizaje y creación. Dejó dos murales comunitarios, uno en Potedó y otro en Cucurrupí; tres retratos de liderazgos locales, e instrumentos para apoyar a jóvenes músicos.
Sin embargo, lo más importante no puede contarse solamente con cifras.
Quedaron jóvenes preguntando cuándo será el próximo encuentro. Quedaron talentos que comenzaron a reconocerse de otra manera. Quedaron canciones, versos, pinturas, obras creadas en pocas horas y comunidades que todavía recuerdan lo vivido.
También quedó la certeza de que la cultura del río San Juan está viva. Está en una niña que baila, en un joven que improvisa, en una cantadora de alabao, en quienes tocan el carrizo, en la mujer que prepara un encocado, en la persona que escribe un poema y en el pueblo que se reúne cuando escucha acercarse una chirimía.
La Caravana se encontró con la cultura que vive en las comunidades y ayudó a llevarla de un lugar a otro, incluso más allá del territorio colectivo de ACADESAN.
Durante varios días, el río llevó música, palabras, colores, alimentos, aprendizajes y abrazos. Mientras las dos rutas avanzaban hacia Cucurrupí, también iba creciendo una historia compartida.
Una historia en la que el río fue el camino, las comunidades fueron las protagonistas y el arte nos recordó todo lo que todavía somos capaces de construir cuando volvemos a encontrarnos.


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